El desarrollo de un país depende, en gran medida, de las oportunidades que ofrece a sus jóvenes. Según el Minedu, solo tres de cada diez estudiantes que terminan la secundaria acceden a la educación superior. Esta brecha define, en gran medida, el futuro de las familias y de las siguientes generaciones. Contribuir a cerrarla es un desafío primordial, pues toda familia aspira a que sus comunidades se desarrollen y que sus hijos tengan mayores oportunidades.
Ken Robinson (2010) sostiene que el desarrollo del talento requiere capacidad y vocación, así como dos condiciones fundamentales: actitud y oportunidad. Cada vez que capacitamos a jóvenes de las comunidades, confirmamos esta idea, lo que fortalece nuestra convicción de que la educación es fundamental para construir proyectos de vida. Por ello, es indispensable fortalecer la colaboración entre las comunidades, las empresas y la academia para generar oportunidades que les permitan adquirir competencias técnicas y habilidades blandas.
Los jóvenes deben prepararse para las oportunidades que ofrecen los diversos perfiles ocupacionales, y ello exige construir un ecosistema de aprendizaje conformado por personas, empresas e instituciones que les brinde acceso a capacitaciones, mentorías y herramientas para fortalecer sus competencias. Las trayectorias laborales son diversas: pueden ir desde una inserción laboral a corto plazo, a partir de capacitaciones específicas, hasta la formación en carreras técnicas, que constituyen una gran alternativa debido a su alta demanda laboral.
Este ecosistema se nutre de tres fuentes que la propia comunidad puede promover. La primera es la lectura, que permite dialogar con las ideas de quienes han dedicado su vida a comprender el mundo; en este ámbito, resulta fundamental garantizar el acceso a bibliotecas. La segunda es la experiencia, que convierte los aciertos y los errores en lecciones. Las empresas y los profesionales pueden contribuir brindando prácticas y espacios reales de aprendizaje. La tercera son las conversaciones, que amplían la visión del mundo. En este ámbito, los mentores cumplen un papel decisivo al acompañar a los jóvenes y transmitirles pensamiento crítico y confianza.
Cuando estas tres fuentes se articulan y la comunidad las sostiene, los jóvenes no solo adquieren conocimientos: también desarrollan un criterio propio, fortalecen su propósito y amplían su capacidad de generar un impacto positivo.
La evidencia respalda este enfoque. Abhijit Banerjee y Esther Duflo (2011) sostienen que las intervenciones más efectivas contra la pobreza son aquellas que fortalecen las capacidades de las personas. En el Perú, el Índice de Competitividad Regional (INCORE 2025), que evalúa a las 25 regiones en seis pilares, entre ellos la educación, y el Índice de Desarrollo Humano del PNUD (2025) muestran avances. El desarrollo humano creció un 2,1 % entre 2017 y 2024, mientras que el acceso a la educación aumentó un 3,8 %. Sin embargo, ambos indicadores también revelan la persistencia de una brecha territorial: mientras Moquegua, Arequipa, Lima e Ica encabezan los índices, regiones como Loreto, Puno, Cajamarca y Amazonas se mantienen en los últimos lugares.
Que ambos indicadores coincidan no es casualidad. La relación es clara: las brechas educativas se convierten en brechas de oportunidades.
Michael Sandel (2020) nos recuerda que los logros no dependen únicamente del esfuerzo individual. No todos los jóvenes parten del mismo punto ni cuentan con las mismas oportunidades para desarrollar su talento. El gran desafío es construir entornos que faciliten el acceso a la educación y al empleo, de modo que todos puedan desarrollar su creatividad, resolver problemas y convertir su talento en bienestar para sus familias, sus comunidades y el país.
Así, la mejor inversión que puede hacer una sociedad no consiste únicamente en formar profesionales, sino también en formar personas capaces de multiplicar el conocimiento, transmitir valores, inspirar esperanza y crear nuevas oportunidades en sus territorios.
En conclusión, desarrollar las competencias de los jóvenes de las comunidades es mucho más que un desafío educativo: es un compromiso colectivo con el futuro del país. Cuando las comunidades, las empresas y la academia trabajan juntas, el talento encuentra las condiciones necesarias para desarrollarse. Nuestra mayor responsabilidad es lograr que esas oportunidades lleguen a todos y se traduzcan en bienestar y desarrollo.
Por Ruth Soto Godoy
Directora de Formación Continua Corporativa de CETEMIN