Instructor capacita a un grupo de técnicos en seguridad y producción basada en el comportamiento dentro de una operación industrial.

Todo empezó con dos problemas que parecían no tener nada que ver. En un evento de innovación minera en el Perú —donde las empresas exponen sus retos para que innovadores y proveedores propongan soluciones— una operación presentó, en momentos distintos, dos desafíos. Uno: sus camionetas de supervisión, al descender a interior mina, se cruzaban con los volquetes de extracción, congestionaban las vías e interrumpían el ciclo de acarreo. Otro: sus trabajadores solo perforaban bien cuando la supervisión estaba presente. Para ambos pedía lo mismo, un dispositivo que lo resolviera. Y ahí, creo, estuvo el primer error: mirarlos por separado. Porque al ponerlos juntos dejan de ser dos problemas y se vuelven uno solo, el de un sistema entero. Esa fue la primera lección: los males de una operación casi nunca están aislados. Y la segunda vino enseguida: si el problema no es aislado ni técnico, la solución tampoco puede ser un aparato. Llevamos años creyendo que innovar en minería es comprar equipos —flotas conectadas, automatización, sensores—, y todo eso ayuda; pero la innovación más grande no es una máquina nueva, sino pensar distinto. Lo veo claro en la perforación: en buena parte de nuestras minas los equipos ni siquiera son tan tecnológicos, siguen dependiendo de la mano y el criterio del operador. El cuello de botella no es a máquina; es cómo trabaja la persona. 

Y cómo trabaja la persona depende de cómo la supervisamos. Cuando fui supervisor no me limitaba a mirar cómo perforaban: intentaba capacitarlos. Aun así les molestaba que los observara, y con razón, porque en nuestras minas la costumbre ha sido supervisar a base de «putear» al trabajador —corregirlo a gritos, con lisuras y hasta humillándolo—. Así nadie aprende; el operador solo se cuida mientras el jefe está cerca. Ahí está la raíz que comparten los dos problemas del inicio: una supervisión que funciona a punta de presencia. El trabajador rinde cuando lo miran, entonces el jefe siente que tiene que bajar a mirar… y son esas mismas camionetas las que terminan cruzándose con los volquetes. 

Instructor capacita a un grupo de técnicos en seguridad y producción basada en el comportamiento dentro de una operación industrial.

Capacitación de técnicos sobre producción basada en el comportamiento en un entorno industrial.

Y no es un problema menor. Una perforación desviada, que parece un detalle, compromete la malla, provoca sobrerotura en la voladura, diluye la ley del mineral, eleva el consumo de explosivo y obliga a retrabajar. Un solo taladro mal hecho se vuelve pérdida para toda la operación. Por eso importa tanto que el operador trabaje bien esté o no el jefe delante. 

Y ahí aparece la verdadera solución, que no es un dispositivo sino una mirada: el autoliderazgo. Supervisar debe pasar de vigilar a entrenar; pero entrenar tampoco basta si el operador no gana conciencia: que controle sus propias tareas, que reconozca cuándo está errando, que conozca sus números y entienda cómo su trabajo impacta en la producción. Cuando lo interioriza, hace bien las cosas por convicción. Y el efecto se encadena: el jefe deja de bajar solo a vigilar y usa ese tiempo en mejorar al operador y afinar estrategias; al bajar menos, se libera el tránsito en las vías y se protege el acarreo. Un solo cambio de mentalidad resuelve lo que parecían dos problemas distintos. 

Ese es el aprendizaje que me llevo: no mirar los problemas por separado, sino como parte de un sistema; entender que innovar es pensar distinto antes que comprar; y aceptar que la palanca está en las personas. Durante años hablamos de seguridad basada en el comportamiento; creo que es momento de hablar también de producción basada en el comportamiento. Esa, para mí, es la innovación que de verdad vale la pena. 

Autor: Ing. Walther Enrique Alcocer Gutierrez.

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